EN VEGA DEL CIEGO
Estoy leyendo últimamente diferentes crónicas de viajeros que pasaron por Asturias.
Aunque algunas pretenden ser guías, las más interesantes -en mi opinión- son las que cuentan sus impresiones y los avatares descubriendo pueblos y monumentos.
En su mayoría fueron escritas en el siglo XIX o principios del XX, aunque también está la de Ambrosio de Morales, publicada en 1572, cuando vino a Asturias por encargo de nada menos que el rey Felipe II.

Comenzando en el XIX, el viajero -podríamos decir aventurero- recibía su primera impresión entrando por el puerto de Pajares.
Hacía notar enseguida la diferencia entre el calor sofocante de Castilla y el fresco de Asturias, el cambio de las casas de barro a las de piedra y la transición del paisaje mesetario a la naturaleza alegre que señala un francés.
Las condiciones del viaje eran tremendas, bajando de esas montañas que ves en la foto de arriba, en galera tirada por mulas.
La galera era como pasar de un hotel de cinco estrellas a una pensión. Se parecía a la diligencia pero no tenía asientos y los hasta diez viajeros (pobres mulas) iban sentados en el suelo sobre las maletas y una alfombra de heno.
Esta entrada a Asturias era de la mayor importancia. Por un lado marcaba el camino de los peregrinos a San Salvador de Oviedo, por otro era la principal vía comercial con la Meseta además de la antesala a las numerosas explotaciones mineras e industriales que comenzaban en este concejo de Lena.
Estuve hace unos días en la zona porque la iglesia prerrománica de Santa Cristina de Lena se sitúa en un alto cercano.
Los pueblos de los alrededores guardan memoria de toda aquella importancia de antaño. Son muy poco conocidos pero puedes encontrar en ellos una abundancia de casonas de carácter popular construidas entre los siglos XV y XVIII, casi todas abandonadas a su suerte.
Algunos ejemplos para descubrir: el palacio de Revillagigedo y la casa de la Huertona en Campomanes, el palacio de los Mendoza en El Valle, la casa del capitán Escalada en Sotiello (de 1503), la casa de los franceses en Vega del Rey, el palacio de Faes en Carabanzo o el palacio de los García Tuñón en Fresnedo.
Una excursión que merece mucho la pena, eso sí, en un cómodo automóvil.
Yo hice un alto esta vez en Vega del Ciego porque no pude resistirme a esta chimenea que parece un monumento a la perseverancia.

Es cierto que no hay nada nuevo bajo el Sol. Vega del Ciego ya era una villa romana conocida como Memorana. Un espléndido mosaico recuperado aquí se conserva en el Museo Arqueológico.

La casa de la chimenea es el palacio de doña Isabel. No he sabido encontrar más datos y me quedo con las ganas de conocer algo de doña Isabel. ¿Tal vez una familia de comerciantes?
La casona está encajonada hoy en día entre la autovía que comienza aquí su ascenso hacia Castilla y la vieja carretera que une pequeños pueblos y que siguen los peregrinos.
Junto al palacio, y vinculado a él, está la capilla de Santa Rita, lo que unido a sus numerosas construcciones auxiliares da una idea de la importancia de estos dominios.

Las dependencias de la casa están a un metro de la ruidosa autovía y, con la esperada puesta en funcionamiento a finales de mes, el AVE que viene de Madrid pasará zumbando casi por detrás de ese camión.

Me sigue encantando esta arquitectura popular a la que el tiempo y el progreso ha pasado por encima.
Como guinda, al otro lado del camino hay una hermosa finca cerrada por muro de piedra y una coqueta construcción octogonal que no sé si es un espacio de recreo tipo cenador, pero que no desmerecería en cualquier jardín.
¿Se refugiaba en ella doña Isabel?










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Gracias Lidia, sí que está crispado el ambiente!
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